domingo, 18 de junio de 2017

Cirlot visto por Rivero Taravillo


Coincidiendo con el centenario del nacimiento de Juan Eduardo Cirlot (Barcelona, 1916-1973), la Fundación José Manuel Lara y la Fundación Cajasol editan la biografía Cirlot. Ser y no ser de un poeta único, con la que el escritor, traductor y crítico sevillano Antonio Rivero Taravillo (Melilla, 1963) ha conseguido el Premio Antonio Domínguez Ortiz de Biografías.
Cirlot es un autor aún desconocido para el lector común, pese al reconocimiento y la admiración de gran parte de la crítica y de un número cada vez más significativo de poetas que ven en su singular apuesta poética, ajena a las principales corrientes vertebradoras de la poesía del siglo pasado, una de las más valiosas y originales, capaz de proyectarse hacia el futuro.
Utilizando un epistolario desconocido en gran parte y abundante material inédito, y ahondando en los propios textos del poeta barcelonés, Rivero Taravillo consigue crear una atípica biografía con la que aspira a reflejar el carácter complejo de un poeta singular que, debido precisamente a su singularidad, ha quedado al margen de todos los mapas poéticos elaborados.
Hijo de militares, tras cursar bachillerato con los jesuitas y correspondencia mercantil y contabilidad, trabajó como aprendiz en una agencia de aduanas, primero, para, después de varios empleos, ser contable del Banco Hispanoamericano. De modo paralelo a estas actividades puramente nutricias, sintió la necesidad de dar cauce a sus inquietudes artísticas. Así, además estudiar piano y composición, en 1936 empezó a escribir versos. Al cumplir la mayoría de edad, fue movilizado por el ejército republicano; pero, apenas un año más tarde, se cambió de bando y, tras una breve estancia en un campo de concentración, terminó luchando en las filas golpistas. Una vez acabada la contienda, tuvo que hacer, paradójicamente, el servicio militar en Zaragoza, donde entabló relaciones con diversos intelectuales y descubrió el surrealismo. De vuelta a su ciudad natal, en 1943, retomó su empleo en el Banco Hispanoamericano -antes de adentrarse en el mundo editorial y trabajar en la editorial Gustavo Gili-, participó activamente en diversas tertulias literarias y círculos artísticos de sello vanguardista, estableciendo lazos con múltiples creadores, entre los que destacan los integrantes del grupo Dau al Set, y publicó sus primeros poemas en diversas revistas.
Desde este momento, se suceden, a un ritmo frenético, las publicaciones: Árbol agónico, El canto de la vida muerta, Canto de la vida y Susan Lenox, el primero de sus poemas inspirados por la visión de una obra cinematográfica, publicado en 1947, el mismo año en que contrae matrimonio con Gloria. En estas obras iniciales ya tenemos presentes los temas y obsesiones propiamente cirlotianos, así como algunos de sus logros formales y la peculiar formar de difundir su poesía: ediciones de autor, en casi su totalidad, con tiradas muy reducidas.
1949, el año en que nace su primera hija, Lourdes, será una fecha crucial en su trayectoria literaria, pues, además de publicar el Diccionario de los ismos, conoce personalmente a Breton y a Schneider. Si el primero supone la fascinación por el surrealismo, el segundo encarna el descubrimiento de la simbología tradicional, que le permitirá adentrarse en el mundo de las correspondencias, utilizando el símbolo como principal herramienta para intuir una realidad oculta, para cristalizar los fantasmas interiores de un hombre poliédrico y para renombrar la realidad. Fruto de este interés, escribirá dos décadas más tarde su obra más conocida internacionalmente: Diccionario de símbolos (1968).
Otra fecha altamente significativa es 1955, año de nacimiento de su segunda hija, Victoria. Al acercarse a la frontera de los 40, su obra crece exponencialmente y, tomando como punto de partida el surrealismo y el simbolismo, llega, como él mismo dice, “el gran descubrimiento de mi vida poética”: la poesía permutatoria.
En 1960 visita Carcasona -años después volverá con su mujer-, inicia una serie de viajes a París, donde se reúne con Breton y los surrealistas, y acude a la Bienal de Venecia. Tras cinco años volcado en la crítica de arte, regresa a la poesía con Regina tenebrarum, Las oraciones oscuras y, muy especialmente, el ciclo Bronwyn (1967-1971), uno de los mayores logros de la poesía en lengua española de la segunda mitad del XX, una obra que anticipa varios de los caminos por los que está discurriendo la lírica de principios del siglo XXI. Se trata de dieciséis cuadernos que conforman un largo poema místico, de raíz erótica, necesariamente fragmentario, dedicados a la protagonista de El señor de la guerra. Las homofonías, las aliteraciones, el adelgazamiento del verso, la ruptura de la sintaxis y de la frase, la agramaticalidad, el uso constante de las repeticiones, la experimentación con diversos tipos de rima, la técnica del collage, el retorcimiento de la sintaxis… llevan el lenguaje al límite, sometiéndolo a un continuo ejercicio de tensión.
De entre sus últimas publicaciones, siempre en reducidas ediciones de autor, destacamos Los poemas de Cartago, Cosmogonía y, sobre todo, sus Cuarenta y cuatro sonetos de amor, donde experimenta formalmente con esta estrofa clásica para conseguir la mayor intensidad y concentración posibles.
Pese al reconocimiento y el respeto de muchos de sus coetáneos, no será hasta 1969 cuando Juan Pedro Quiñorero y la Editora Nacional planteen una edición de su obra más reciente, principalmente la del ciclo Bronwyn, en una editorial que llegue a las librerías. La edición de Poesía 1966-1972, a cargo de Leopoldo Azancot, se publicó finalmente un año después de la muerte del poeta, crítico de arte y compositor catalán.
En silencio, se marchó el más vanguardista de nuestros poetas, cuya poesía, insólita y radicalmente distinta, nace de un profundo conocimiento tanto de nuestra tradición como de otras tradiciones inexploradas hasta el momento. Un creador único, para quien el poema era una forma de exploración de las propias grietas. No en vano, toda su obra brota de un continuo sentimiento de extranjería, lo que le lleva a sentirse al margen de la sociedad. Tal conflicto desemboca en el nihilismo, en la insatisfacción radical y en una enconada reacción contra el mundo que le ha tocado vivir, ante el que se estrellan continuamente sus aspiraciones, convirtiéndose la poesía en un medio de evasión.
De este modo, vida y obra conforman una misma realidad en él. Un hombre proteico. Nihilista. Trabajador incansable. Cinéfilo. Lector voraz. De movimientos impetuosos. De carácter vehemente. Apasionado de la arqueología y de la historia. Entusiasta de las más insólitas religiones, culturas o mitologías. Interesado por la numismática. Fanático de las espadas. Filogermánico y amante de la cultura hebrea… Un escritor vertiginoso. Visionario y metafísico. Vanguardista y tradicional. Ortodoxo y heterodoxo…
Un personaje imposible de encasillar, que no deja impasible a nadie, en cuyas contradicciones radica la fascinación que ejerce sobre sus seguidores y cuyos versos son descargas que estallan en el lector, quien, tras el asombro inicial, se siente irremediablemente perdido en un laberinto con vistas al abismo y reconoce en Cirlot a un auténtico renovador de la poesía en lengua española, referente inevitable para cualquier poeta de hoy.


Autor: Antonio Rivero Taravillo.
Título: Cirlot. Ser y no ser de un poeta único
Editorial: Fundación Lara. 
Año: 2016.

viernes, 9 de junio de 2017

Testamento poético. Santiago Castelo


<<Cuando siento no escribo>> afirmaba con rotundidad Bécquer en la segunda de las Cartas literarias a una mujer para dejar constancia de que se escribe a partir del recuerdo de lo sentido (o «memoria viva», como lo define el poeta sevillano) y no de la experiencia directa de los sentimientos. Desde entonces, no son pocos los críticos y escritores que han hecho suyas, con diferentes matices, dichas palabras. Sin embargo, poemarios como La sentencia, de Santiago Castelo, revelan lo erróneo de tal pensamiento o, por decirlo de un modo más suave, suponen la excepción que toda regla contiene, en la medida en que consiguen crear arte a partir de los escombros del propio ser. Para ello, el poeta se sumerge en su dolor, en su sufrimiento, en su enfermedad, sin tiempo para distanciarse de ellos y consigue trascender la experiencia personal, convirtiéndola en una verdad universal. El resultado es sentimiento y poesía fusionados, en estado puro, sin cortapisas. Y es esta condición la que provoca que el libro, pese a la serenidad del dolor aceptado, golpee con una contundencia inusitada a un lector que, una vez lo cierre, ya no volverá a ser el mismo.
El poemario, que consiguió el XXV Premio Internacional de Poesía Jaime Gil de Biedma por «aclamación», en palabras de Gonzalo Santonja, supone, según reza en la contraportada, «el broche de oro a la obra poética» de José Miguel Santiago Castelo (Granja de Torrehermosa, 1948 – Madrid, 2015), quien falleció un par de semanas antes de conocer el fallo, y refuerza, sin duda alguna, el prestigio de uno de los galardones más importantes de nuestro panorama poético.
Se trata de un libro contundente y estremecedor, que sobrecoge aún más al conocer las circunstancias vitales del poeta extremeño. Concebido como la crónica de una enfermedad, de una lucha por la vida, arranca con el poema que da título al conjunto y actúa como un golpe directo al ánimo del lector, al igual que las palabras del médico que le anuncian que padece cáncer («Sonó la palabra. Seca y rotunda lo mismo que / un disparo»). Esta es la terrible palabra que articula todo el discurso sin aparecer una sola vez. Nada más escucharla, toda su existencia pasa por delante de sus ojos, como fotogramas mal montados de una historia íntima: «toda la vida en un instante: la niñez en el pueblo; el viaje a Madrid; / los primeros amores.» Es así como la vida y la percepción que el sujeto tiene de ella cambian radicalmente: «Se acabaron las citas, las agendas. / De pronto nada sirve de un día para otro. / Ni tú mismo mandas. / Es tu propio organismo, tu luz y tu ceguera».
Para seguir leyendo entra en Cuadernos del Sur.

jueves, 1 de junio de 2017

Dos sonetos fragmentados de Góngora



El pasado 14 de mayo, tuve el honor de participar en el Día de Góngora 2017, realizando la Ofrenda Poética ante el supuesto sepulcro del patrón laico de la Real Academia de Córdoba. Como cierre a unas líneas que reivindicaban la modernidad del poeta cordobés al desplazar el centro de gravedad de la poesía del yo al mundo exterior, planteando, por vez primera, que la poesía debe ser el ámbito de la palabra, leí dos sonetos creados a partir de otros veintiocho del autor de la Fábula de Píramo y Tisbe. El único requisito de este juego que intenta respetar la sintaxis poética de una de las poliédricas caras de la obra gongorina es tomar prestado un único verso de cada poema. Para potenciar una mayor multiplicidad significativa y hacer partícipe al lector, he decidido eliminar los signos de puntuación.



                         I

Descaminado enfermo peregrino
pisado he vuestros muros calle a calle
los suspiros lo digan que os envío
nunca merecieron mis ausentes ojos
un humor de perlas destilado
y nada temí más que mis cuidados
cada sol repetido es un cometa
por que aquel ángel fieramente humano
no yace no en la tierra mas reposa
toda fácil caída es precipicio
la encendida región del ardimiento
huirá la nieve de la nieve ahora
hilaré tu memoria entre las gentes
que la beldad es vuestra la voz mía


                        II

Oh cuánto tarda lo que se desea
en estas apacibles soledades
edificio al silencio dedicado
sobre este fuego que vencido envía
denso es mármol la que era fuente clara
pues la por quien helar y arder me siento
cuya cerviz así desprecia el yugo
goza cuello cabello y frente
el santo olor a la ceniza fría
desata montes y reduce fieras
inexorable es guadaña aguda
no destrozada nave en roca dura
poco después que su cristal dilata
la razón abre lo que el mármol cierra

lunes, 29 de mayo de 2017

"Vértices", por Custodio Tejada

El escritor y profesor granadino Custodio Tejada deja en su blog esta acertada lectura de Vértices. La grandeza de la literatura es que permite establecer lazos con las personas antes de conocerlas personalmente.  Mil gracias por la atención prestada y las palabras hilvanadas con precisión.



Buscando lo efímero, nuestro poeta lo que alcanza es la eternidad del vértice de una habitación, de una casa, de un mundo y un libro, cuerpo-cuna que se hace recinto de paz y plenitud. Y que no te dé miedo tu alegría por ella(s), disfrútalas sin perder tiempo, porque no hay mayor tesoro que hacerse poesía viva y moldear la realidad para preservar tu “única certeza”: Ella(s) que, al fin y al cabo, son tu escritura misma, confluencia y proyección de tus versos y tus miembros que intuyen la magia de la lluvia en sus ojos. “Ella es vértice” (página 15) cima o punto en el que coinciden todas las aristas de este poemario poliédrico donde se superponen distintas lecturas dentro de la misma lectura. “Me invento entre vosotras” –nos dice el poeta en la página 14 – hijas y palabras que se vuelven también hijas, origen y confluencia del hombre y del poeta, porque Ella(s) son “la alquimia permanente de la vida” (página 18), y esa mezcla es su ámbito: Una poética de la existencia. “Vivir es compartir un zeugma/ y no emplear palabras connotadas.” –nos dice en la página 24. Este libro es un “lugar de paso de los pájaros y de la luz”, plano secuencia que desvela el truco de transmutación que el poemario tiene.


Para leer la reseña completa,  pinchad en ese enlace.

sábado, 20 de mayo de 2017

Antonio Praena escribe sobre "Vértices"

El pasado 16 de mayo, Antonio Praena, con quien tengo el honor de compartir un accésit del Premio Adonáis, se ocupaba en su blog, El atril, de mis Vértices. Mi más sincera gratitud por su generosas palabras y por su atentísima lectura.






Es un riesgo abordar algunos temas en poesía. Lo difícil ante ellos es resistirse a la atracción de ciertos polos, como pueden ser el sentimentalismo, el subjetivismo, la emotividad como reclamo, los lugares comunes. Hay que poseer el don de la mesura, ese equilibrio que mantiene a raya el pálpito inmediato pero, a su vez, no ahoga en la frialdad de la inteligencia la pujanza de las cosas verdaderamente sentidas. Dificilísimo, vamos.
“Vértices”, de Francisco Onieva (Visor 2016) es un poemario impecable y ejemplar en ese sentido. ¿Cómo ir más allá en estas cosas de la emoción sin sucumbir al confesionalismo sensiblero que aquello que tiene que ver con la propia biografía parece demandar algún tipo de lector? Perdón, que aún no lo he dicho y sin decirlo estos comentarios no se entienden: “Vértices” aborda, como poco, la paternidad del poeta.
Las hijas se convierten en patria: Sois la única patria / en la que vale la pena creer, leemos en un poema titulado “Blanca y Marta”, y que no necesita más de dos versos para estar pleno.
Ya aquí hay un elemento fundamental. El poeta está separado de sí. No mira su rostro. No le importa su imagen. Si algo queda de un “yo”, es su fuga. Si hay primera persona, lo es desubjetivada, mediada a través de quien ha salido de sí y se contempla desde los ojos de sus niñas -esto no es sólo un retruécano-, o desde los propios ojos, no ya desposeídos, sino luminosamente ofrendados, plenificados de don.
 Podéis seguir leyendo en El atril.

jueves, 11 de mayo de 2017

Belleza en el dolor


No siempre un libro inicial es el de un principiante. El cuadro del dolor, el esperado debut de Ana Castro (Pozoblanco, 1990), con el que ha conseguido el III Premio de Poesía Juana Castro, solo puede ser escrito por una persona que controla los mecanismos del verso y que sabe hacia dónde camina. Semejante madurez se observa no solo en la sólida construcción de los poemas sino también en la concepción unitaria de un poemario estructurado con solidez en cinco partes pretendidamente asimétricas - “La nana que no fue”, “Raíces”, “El dolor”, “La niña y la casa” y “Y después”-, sustentadas en un proceso de introspección a partir del dolor y de la soledad de un yo poético devastado.
Se trata, pues, de una obra profundamente vivencial, en la cual la joven poeta pozoalbense asume la realidad y la muestra sin impostura, sin un estéril ropaje lírico, como se explicita desde el propio título, una auténtica declaración de intenciones. Por un lado, la polisemia del mismo no solo hace referencia al conjunto de síntomas sufridos por la paciente, sino que, por extensión, es una proyección artística de un tormento, con sus múltiples perfiles, convertido en espacio de encuentro con el lector; por otro, propone, con una profunda coherencia desde el punto de vista poético, un discurso tejido a partir de una expresión clara y directa, en apariencia sencilla, en el que la presencia justa y estratégica de una serie de símbolos que trascienden la realidad (el dedal, el hilo, las hilanderas, los murciélagos…) sacude con fuerza al lector.
De todo el compacto volumen, que se abre con “Canción de cuna”, donde se presentan los dos temas vertebradores del mismo, el dolor y la soledad, destacan la segunda parte, “Raíces”, y la tercera, “El dolor”.
En “Raíces”, sin duda, la más potente, la poeta ahonda en los orígenes, que configuran la mirada y, por ende, la identidad. Estas raíces son la familia y Los Pedroches. Además de “Mujer entraña”, un explícito homenaje al magisterio de Juana Castro como poeta y como mujer, destacan “Orfandad”,  “Simetrías”, “Las hilanderas” y “Cadena trófica”, cuatro piezas en las que, a partir de un íntimo juego de proyecciones, Ana Castro ahonda en la raíz matriz, la abuela muerta, cimiento de “la manada”, y en su madre, que le han enseñado a zurcir las grietas del mundo para hacerlo menos inhóspito.
En “El dolor”, por su parte, se imponen la desnudez y la sinceridad de un sentimiento estremecedor y el fértil misterio de convertir la devastación en materia a partir de la cual se puede crear belleza. Algunas de las composiciones más significativas de esta sección son: “Quirófano número 10”, de una naturalidad desgarradora y reconciliadora, “Hormigón armado”, donde sugiere la imposibilidad de contener el sufrimiento, “El cuento de nunca acabar”, un espléndido poema en prosa que obliga al lector a reubicarse antes de volver “a contar la historia desde el principio”, “El cuadro del dolor”, reflexión acerca del desgaste y la insuficiencia de las palabras a la hora de expresarlo, y “Mi dolor”, en el cual plantea que no estamos educados para sufrir y la necesidad de nombrarlo para que exista.
El libro es, en definitiva, un fresco emocional y existencial, escrito desde la fragilidad que el dolor provoca en un sujeto poético que, sin embargo, muestra una vitalidad y una fuerza envidiables. De su lectura no se puede regresar indemne, pues está escrito desde la autenticidad de lo contado y desde la sobriedad y contención de una escritura y de una mirada reparadoras.

Autora: Ana Castro
Título: El cuadro del dolor
Editorial: Renacimiento
Año: 2017

(Publicado en "Cuadernos del Sur", 6 de mayo de 2017, p. 6)

jueves, 4 de mayo de 2017

Plurilingüismo

Mi modesta contribución a la V Feria de Plurilingüismo:

Hay tantas formas de mirar el mundo como lenguas hablan de él. 


Gracias a mi compañero Manolo y a mis compañeras Beatriz, Leonor, Trini y Margarita por hacerme parte de este cartel colectivo. Con los amigos, los derechos de autor quedan en un agradable café y en una sincera gratitud.

jueves, 27 de abril de 2017

Manuel Gahete escribe acerca de "Vértices"

Vértices no deja de darme alegrías. La última fue el pasado sábado, 22 de abril. Manuel Gahete escribía acerca del libro en su columna "Seres de Babel" del suplemento Cuadernos del Sur.


Vaya desde aquí mi más sincera gratitud por su lectura.

domingo, 23 de abril de 2017

80 años de la batalla de Pozoblanco

Para conmemorar los ochenta años de la batalla de Pozoblanco, una de las grandes desconocidas de nuestra última guerra civil y marco narrativo en el que se sitúan la mayoría de las historias de mi libro de relatos Los que miran el frío (Editorial Espuela de Plata, 2011), he preparado este reportaje que publica hoy Diario Córdoba.
Reproduzco, a continuación, el texto íntegro, pues ha habido que cortar alguna frase para que cupiese en la página del periódico.


80 años después, la batalla de Pozoblanco sigue siendo la gran desconocida de nuestra última guerra civil. Iniciada por Queipo de Llano, no fue una simple escaramuza para reactivar el frente en Andalucía; ni siquiera una  ambiciosa maniobra de auxilio a los doscientos guardias civiles y más de mil vecinos de Andújar sitiados en el Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza; ni un intento de hacerse con las minas de mercurio de Almadén; ni un conato de tomar las provincias de Ciudad Real y parte de Toledo con la intención de aislar Jaén y Granada, por un  lado, e intensificar el cerco de Madrid, por otro. No. La batalla de Pozoblanco, que tuvo lugar entre el 6 de marzo y el 21 de abril de 1937, y cuyos combates más intensos y sangrientos se libraron en Villanueva del Duque, supuso un ensayo en toda regla de la masacre definitiva, la del Ebro. Las sierras, los arroyos, la dehesa, las cercas, las lomas, el coto minero de El Soldado, los escombros de Villanueva del Duque y de Alcaracejos se convirtieron en un gran tablero de ajedrez sobre el que ambos contendientes distribuyeron un número de efectivos humanos y de recursos materiales sin precedentes, tanto españoles como extranjeros.
La partida se saldó con una de las grandes victorias republicanas, comparable a las de Belchite, Jarama o Guadalajara. Sin embargo, ni los vencedores ni los vencidos le concedieron la importancia que realmente tuvo. Estos prefirieron callar la única derrota del invicto general, Jefe del Ejército del Sur; aquellos, en cambio, no la valoraron en su justa medida por dos motivos: la coincidencia en el tiempo con la toma de Guadalajara, operación diseñada por el alto mando gubernamental con la intención de que el rival no acumulase más efectivos en el Frente de Córdoba, y la desconfianza sectaria y el recelo cainita de los comunistas hacia el artífice de la gesta, el teniente coronel Joaquín Pérez Salas, militar de formación que no simpatizaba con las ideas de estos y que, consciente de la necesidad de un ejército estructurado, nunca estuvo a favor de las milicias.
La contienda adquiere unas dimensiones épicas no solo por la elevada concentración de soldados y de efectivos, por el extremo desgaste de los combatientes debido tanto a la brutalidad y a la crueldad de los ataques como a las pésimas condiciones atmosféricas durante la ofensiva golpista, sino también por la resistencia heroica de un contingente menos numeroso, que supo reorganizarse a la espera de refuerzos, por el efecto sorpresa de una contraofensiva que puso contra las cuerdas a las todopoderosas huestes sublevadas, pero, sobre todo, por las historias individuales de supervivencia que encierra y por el compromiso de unos batallones de pedrocheños que luchaban por su tierra.
Sin querer quitarle mérito a Pérez Salas, cuya figura emerge con rotundidad, es obvio que en esta quijotesca labor de resistencia jugaron un papel crucial otras personas como el poeta y comisario político Pedro Garfias, quien, cuando el enemigo se encontraba a las puertas de Pozoblanco, arengó a los miembros del Estado Mayor para que el pueblo no se abandonase, y, por supuesto, los milicianos de la comarca de Los Pedroches –integrados en los batallones Pozoblanco, Pedroches y Garcés-, quienes no querían dejar sus pueblos en manos de los moros y de los fascistas y que, en un Madrid en miniatura, hicieron suyo el grito de “¡No pasarán!”.



La ofensiva franquista se inició la noche del 6 de marzo y enfrentó a cuatro columnas perfectamente estructuradas, apoyadas por un gran número de piezas de artillería y por la aviación,  contra un par de brigadas y un puñado de baterías. Aunque era un enfrentamiento desigual, la lucha se llevó a cabo con una ferocidad e intensidad inimaginables. El primer episodio tuvo lugar en el cruce de El Cuartanero y duró tres días, hasta que la guerra mostró todo su horror, salvajismo y sinsentido en Villanueva del Duque. El pueblo fue bombardeado sin cesar por cazas italianos y arrasado por el fuego de artillería, antes de ser tomado el día 10 por los sublevados. Consciente de la importancia del enclave, Pérez Salas planteó un contraataque nada más recibir los primeros refuerzos. Apoyados por las baterías y el fuego de ametralladoras, ambos rivales pelearon casa a casa, cuerpo a cuerpo, a sablazo puro y a bayoneta calada, dejando un número de cadáveres estremecedor, hasta el punto de que, en la noche del día 13, el pueblo fue tomado alternativamente en cinco ocasiones. Tremendamente sanguinaria fue también  la entrada en Alcaracejos el día 15 por parte de Álvarez Rementería y Barutone.
Una vez replegados los leales al Gobierno a un Pozoblanco derruido, la contienda entró en un frágil compás de espera. El avance de las columnas se hizo en dos direcciones, por la carretera de Alcaracejos y por la de Villaharta. Los que venían por la primera se quedaron a dos kilómetros por el sudeste; los que avanzaban por la segunda se atrincheraron en el lavadero de El Pilar de los Llanos y trabaron una intensa refriega con los defensores de la República, que se hicieron fuertes en la plaza de toros.


Pozoblanco resistía a duras penas. La noche del 17 se produjo la evacuación de los vecinos y las tropas se replegaron a una línea de trincheras al otro lado del arroyo de Santa María. La caída parecía inminente. Pese a las órdenes del Estado Mayor de abandonar el pueblo, los escasos y agotados efectivos volvieron a sus primeras líneas de trincheras y resistieron como pudieron los envites.
Con la llegada de nuevos refuerzos, entre ellos los ansiados cazas, el XX batallón internacional de Aldo Morandi, una compañía de tanques T-26 y varias baterías, el 24 de marzo se inició la contraofensiva republicana. El factor sorpresa del ataque de Pérez Salas, el desgaste de las tropas fascistas y el número superior de unas brigadas más frescas y con más medios presentaban un mapa de operaciones completamente diferente. Incapaz de contener el avance, el mando golpista ordenó la retirada tras unos intensos combates en Alcaracejos. Este pueblo, Villanueva del Duque, el Calatraveño, Cabeza Mesada y El Soldado fueron tomados entre los días 30 y 31.
Pero la estrategia del teniente coronel no era solo recuperar el terreno perdido, sino hacerse con Peñarroya. Con tal fin, siguieron llegando refuerzos al frente, entre ellos la XIII Brigada Internacional, y se constituyeron dos Agrupaciones: una a las órdenes del coronel Mena, que atacó la rica localidad minera e industrial, y otra mandada por Pérez Salas, con las brigadas y batallones más veteranos en el subsector, que avanzó por las carreteras de Espiel y Villaharta.
El 6 de abril, las tropas de Pérez Salas lanzaron un brutal ataque por esta última carretera y se hicieron, en una nueva sangría, con el cerro de La Chimorra, Sierra Noria y la Loma de Buenavista.
Por su parte, las brigadas mandadas por Mena se adueñaron sin apenas encontrar oposición del triángulo Valsequillo-Los Blázquez-La Granjuela; sin embargo, tras un encarnizado choque en Sierra Mulva vieron frenadas todas sus aspiraciones.
Queipo de Llano, previendo el peligro, envió rápidamente numerosos refuerzos a Peñarroya, que, unidos al cansancio de las tropas republicanas y a la pérdida del factor sorpresa, hicieron que la contraofensiva se estancase y ambos contendientes se afanasen en una estéril y cruenta lucha por hacerse con diversos cerros y altozanos que cambiaban de dueño. El avance por la carretera de Villaharta se detuvo, igualmente, y sus hombres fueron trasladados a Valsequillo y a la zona de Peñarroya. A partir de este momento solo hubo débiles refriegas, lo cual implica que no haya unanimidad entre los historiadores a la hora de dar por concluida la batalla de Pozoblanco, cuya fecha de fin oscila entre el 13 y el 21 de abril.

Olvidada en los libros de historia, pese a las monografías de José Manuel Martínez Bande, La batalla de Pozoblanco y el cierre de la bolsa de Mérida, de Francisco Moreno Gómez, La guerra civil en Córdoba, o de Laura López Romero, Joaquín Pérez Salas y la batalla de Pozoblanco, este enfrentamiento encierra un potencial narrativo tremendo, tanto en las historias mínimas como en el gran mosaico épico que estas componen. Sin embargo, dicha potencialidad aún no ha sido aprovechada por el cine ni por la literatura –excepción hecha del libro de relatos Los que miran el frío, de quien firma las presentes líneas-, que, en la exploración de sus respectivos códigos comunicativos, pueden, y deben, aportar nuevos enfoques que muestren lo que la historia intuye, haciéndonos tomar conciencia de nuestro pasado y de su complejidad poliédrica.

(Publicado en Diario Córdoba, 23 de abril de 2017, p. 27)

martes, 18 de abril de 2017

Carlos Alcorta escribe acerca de "Vértices"



Profundamente agradecido a Carlos Alcorta por hacerle hueco en su blog a Vértices, y por la inteligencia de sus palabras.


Muchos son los poemas de este libro que pueden emplearse a modo de sumario del libro íntegro, muchos resumen su argumento: el poeta acepta la paternidad como la más comprometida posibilidad de transformar no solo la vida, sino, también, la escritura, una escritura, una poesía que celebra el milagro de la existencia a la vez que se celebra a sí misma, no en vano estamos hablando de creación en ambos sentidos, aunque la palabra solo colinde con la vida verdadera cuando trasmite incertidumbre y emoción, no mera información. Quizá uno de los poemas que mejor ejemplifique esta idea sea el titulado «Mi lugar en el mundo»: «Mi lugar en el mundo/ es tan solo el de un hombre/ que vive con vosotras/ y que, de vez en cuando, acude a las palabras,/ con las que intenta definirse,/ para que estas no sean artificio/ sino descarga, temblor, sacudida». Las hijas del poeta, vosotras, están presentes, unas veces de forma velada y otras de manera evidente, en estos poemas de Vértices, libro galardonado con el Premio Jaime Gil de Biedma y que hace el cuarto de Francisco Onieva (Córdoba, 1976). Sigue leyendo en carlosalcorta.wordpress.com.

sábado, 8 de abril de 2017

"Vértices" en "La sombra del ciprés"

La mejor recompensa a los desvelos y al trabajo llevado a cabo en silencio es una lectura que, más allá de las ramas del árbol, intuye la espesura del bosque. El pasado sábado 25 de marzo apareció una reseña acerca de Vértices en "La sombra del ciprés", el suplemento cultural de El Norte de Castilla, firmada por Rafael Morales Barba.
Mi más sincero agradecimiento a este lector al que no tengo el gusto de conocer y a Jorge Barco Ingelmo, por avisarme de tan feliz hallazgo.



lunes, 3 de abril de 2017

"Rodríguez de León y Ranchal: dos concepciones distintas del acto creativo"


El próximo jueves 6 de abril pronunciaré mi discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes, cuyo título es "Rodríguez de León y Ranchal: dos concepciones distintas del acto creativo", un ejercicio en el vacío, sin red ni arneses, del que será difícil salir indemne. La cita es a las 20:00 horas en el Salón de los Sentidos del Real Círculo de la Amistad.

Os dejo un breve párrafo:

"Ranchal y Rodríguez de León forman parte de la pequeña mochila de mano que es mi identidad mucho antes de que ningún partido político ni institución pública hablasen de ellos. Al primero lo conocí a través de las historias con las que la abuela Pepa, Josefa Granados Medina, engañaba al tiempo; a Rodríguez de León, en cambio, lo descubrí a través de la obra de Moreno Gómez. Ahora bien, no fue hasta el proceso de documentación previo a Los que miran el frío, un conjunto de nueve relatos ambientados en Villanueva del Duque durante la Guerra Civil, cuando ambos tomaron cuerpo y empecé a experimentar una singular afinidad hacia ellos, cimentada en el descubrimiento de sus inquietudes literarias, en la integridad y en el compromiso mostrado con la compleja problemática de la sociedad en que vivieron y en nuestro singular paisanaje de forasteros que llevan en los bolsillos tierra mezclada de una patria con forma triangular: en el caso de Rodríguez de León, Villanueva del Duque, Sevilla y Madrid; en el de Ranchal, Pozoblanco, Villanueva de Córdoba y Villanueva del Duque; y en el mío, Córdoba, Villanueva del Duque y Pozoblanco. Esta íntima sintonía me llevó a convertirlos en materia literaria de sendos relatos que, finalmente, no llegaron a formar parte del libro."

martes, 21 de marzo de 2017

"Lope, la Noche. Marta", de José Hierro



"Lope, la Noche. Marta" es uno de esos poemas a los que uno vuelve una y otra vez. Siempre distinto. Cobijo. Abismo. "Descarga. Temblor. Sacudida." Y de los que se regresa otro.
Para celebrar el Día Mundial de la Poesía, esta mañana, el equipo del CEP Peñarroya-Pueblonuevo lo hemos compartido con toda la red asesora de la provincia en la apertura de la jornada formativa que hemos tenido en Fuente Obejuna; ahora, quiero compartirlo con vosotros.

viernes, 10 de marzo de 2017

"El hombre, otro hombre", por Juana Castro

El pasado sábado 4 de marzo, Juana Castro publicó en Cuadernos del Sur una magnífica reseña sobre Vértices, titulada "El hombre, otro hombre". Mil gracias por la generosa y atenta lectura.

Simbólicamente, vértice representa un punto desde donde la luz se ensancha. Luz como conocimiento, interioridad, expresión de sentido. Francisco Onieva toma conciencia de sí y reinventa su identidad de hombre mientras inaugura y asiste la vida de sus dos hijas, Blanca y Marta. Desde la cercanía y el laboreo del padre que de veras ejerce su función de padre reflexiona sobre la tierra, la casa, el paisaje, la infancia, la filiación, la escritura. Y todo ante la mirada y las experiencias de lo otro humano diferente de sí, las niñas. Onieva madura su ser y su trabajo de escritor--poeta casi al modo de un converso: olvidando lo sabido y acercándose a lo nuevo con humildad, desde la certidumbre de una imposibilidad: «vivir el extravío ciego de las mareas, / palpar la transparente síntesis de los nexos / y convertirme en puerta para ti.// Pero no puedo».
El universo de las hijas revierte y refleja el del padre, cambia la mirada y vuelven los recuerdos, trasmutados en sentido de la existencia. La vuelta a la casa familiar; los nervios de un primer día de clase infantil con el fondo de otra memoria, la del primer día de un joven profesor; el encuentro con la muerte, en la vivencia de la muerte del abuelo; la lluvia, el mar, la nieve y la presencia de lo efímero; el circo y su ilusión: Todo lo que las tareas y rutinas de cada día evocan en la memoria y el presente del padre--otro.
Para seguir leyendo, pinchad aquí.

miércoles, 22 de febrero de 2017

Personal y transferible (II)




No es difícil reconocer un hallazgo. Tras la sorpresa, la descarga y el temblor iniciales paladeo las palabras con la sana envidia de quien descubre en ellas lo que aspira a decir.

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De un buen libro no se puede regresar indemne. Tras la quietud y la reconciliación experimentadas al pasar la última página, es imposible que el lector deje de ser otro.

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Todo libro imprescindible es una puerta de entrada a uno mismo.

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Una persona que lee  es lector solo cuando mantiene la capacidad de extrañarse, de ser un extraño ante el libro.



Si pincháis en este enlace podéis descargaros el PDF completo.

jueves, 9 de febrero de 2017

Basilio Sánchez, "La creación del sentido"


Solidez poética

Construir una poética sólida necesita de un ejercicio de reflexión sobre la propia praxis. Y no todos los autores se atreven a ello. Ni todos los que se atreven salen ilesos. Basilio Sánchez, uno de los poetas imprescindibles de las últimas décadas, es capaz de transitar el inestable y misterioso cable de la palabra asomado al vacío, sin sistema de retención alguno, y revisar sus pasos serenos y seguros, nacidos en la incertidumbre. Ahora recoge algunas de dichas reflexiones en un volumen titulado La creación del sentido, editado con mimo por Pre-Textos. Doce de estas meditaciones aparecieron ya en El cuenco de la mano, una publicación prácticamente imposible de encontrar que vio la luz en el año 2007 en la desaparecida Littera Libros.
El que nos ocupa es un libro heterogéneo, que recoge textos diversos en cuanto al planteamiento y a la técnica compositiva, pero coincidentes en la medida en que suponen un ahondamiento en la memoria del autor, en sus recuerdos, en sus experiencias y en su concepción de la poesía. Así, la estructura autobiográfica no solo los dota de calidez y hace desaparecer la aridez metaliteraria, sino que también permite a Sánchez indagar en las motivaciones de su escritura y en los factores que lo han llevado a la creación literaria. De este modo, la infancia, la memoria, la figura del padre y de la madre, la religión, el cine, las lecturas, la naturaleza, el paisaje rural y urbano, la capacidad fertilizante de la mirada, la pérdida de la que emerge todo escritor, la convivencia del poeta y del médico... se entrecruzan, estableciendo una sutil red de conexiones que va más allá del tono y de la musicalidad, del aliento ético que los nutre, de las repeticiones de ideas, de palabras, de frases e, incluso, de símbolos.
Algunas de las joyas que encierra este libro son Semilla para pájaros o Güelfos y Gibelinos. Precisamente, quiero cerrar esta aproximación con un par de semillas de las que el poeta cacereño deja caer en nuestros surcos: «La incertidumbre, la inseguridad, la sensación de pérdida o extravío es lo que suscita la creación artística» o «El poema no es más que un trazo titubeante que arrastra, necesariamente, una carencia, el estigma de una imperfección, la insuficiencia de no poder representar el mundo –que es a fin de cuentas a lo que aspira la escritura-, sino solo una parte».
Consideraciones propias de quien escribe con la convicción de que el poema es un acto de reflexión moral que germinará en un lector que no puede ni debe regresar indemne de la lectura.

(Publicada en "Cuadernos del Sur", 21 de enero de 2017, p. 4)

martes, 10 de enero de 2017

"Un diario colectivo", de Nacho Montoto



El pasado domingo, a medio día, después de correr unos kilómetros entre Pozoblanco y Dos Torres, encendí el móvil y la vida volvió a mostrarse con toda su dureza. Nacho Montoto había muerto. Así, de repente. La conmoción me ha impedido ver que la entrada anterior me dolía, sin que yo me diese cuenta. Ironías del destino, esa misma felicitación que envío a mis amigos y amigas había sido el último wathsapp cruzado con Nacho. 
Por eso, y porque no soy capaz de ordenar mi cabeza y escribir algo él, os dejo con una reseña aparecida hace algunos años en Cuadernos del Sur de su libro Diario del fin del mundo, antes de que existiera este blog.



Difícil de clasificar. Así es la última obra de José Ignacio Montoto Mariscal, uno de los autores jóvenes cordobeses más prolíficos, capaz de publicar cinco libros en seis años –amén de dos plaquettes previas-. Diario del fin del mundo, editado por el Ayuntamiento de Málaga dentro de la colección Monosabio, es la segunda incursión de Montoto en la prosa, tras Binarios (Sim/libros, 2009). En las 47 piezas breves que la componen, el escritor aborda, a partir de la imagen apocalíptica profetizada por los mayas y teniendo presente en todo momento la crisis económica y de valores en que estamos inmersos, la problemática y las contradicciones del hombre actual. De las cinco partes pretendidamente asimétricas en que se estructura, la más importante es la que da título al conjunto. Todos los textos de esta se articulan a partir de una alusión inicial a otro libro para, a continuación, y a través del monólogo interior, profundizar en diversos personajes y reflejar el carácter poliédrico de la realidad y la complejidad del ser humano, al recoger los pensamientos con la inconexión propia con la que se suceden en nuestro cerebro. Pese a esta multiplicidad de voces, los textos desbordan el ámbito de la individualidad y se conectan con el fin de hacer un retrato colectivo.
Para ello Montoto ha observado con detalle el mundo que lo rodea y, a partir de las conclusiones extraídas, ha tejido los mimbres de un proyecto cuyo tono oscila entre lo meditativo (“La ausencia, habitualmente, produce sequedad en la laringe” o “La indiferencia nos daña”), teñido, en ocasiones, de cierto aire metaliterario (“Escribir un poema es un acto de honestidad”) o filosófico (“La negación del ser es no ser”), lo meramente narrativo (“Hace tres meses tuve un percance con mi jefa. Una tremenda injusticia y mi orgullo me hicieron llorar. No pude contener. Creo que todos somos iguales.”) y lo lírico, como cuando considera que el frío es “un pájaro que habita entre los escuálidos barrotes de una jaula” o el amor, “probablemente, la única oración que nos es innata”.
El resultado es una serie de textos que parten de una anécdota trivial para indagar en el sinsentido de unas existencias incardinadas en una sociedad capitalista vacía que está tocando a su fin, revelándose, más que nunca, la necesidad de un cambio de paradigma productivo y de relaciones interpersonales.


Autor: José Ignacio Montoto
Título: Diario del fin del mundo
Editorial: Ayuntamiento de Málaga, Colección Monosabio.
Año: 2012.