jueves, 27 de octubre de 2016

Villa Diodati, doscientos años de mito e historia



La historia de la literatura está salpicada de momentos capaces de provocar un cambio de paradigmas, generando una relación, en cierta medida, distinta entre autor, obra y lector, con la creación de nuevos géneros literarios o con una redefinición de los ya existentes. Es cierto que en tales coyunturas mito e historia se confunden -sobre todo, durante el período romántico y su programática intención de prestigiar la originalidad y la libertad creadora-, llegando, en ocasiones, a desenfocar a los protagonistas de las mismas, el propio hecho literario y el verdadero alcance de las apuestas creativas generadas. Con estas precauciones, obviamente, debemos acercarnos al encuentro que tuvo lugar en villa Diodati durante el atípico verano de 1816 entre Percy Bysshe Shelley, Lord Byron, Mary Wollstonecraft Godwin -más tarde Mary Shelley- y Polidori.
El 14 de mayo del año sin verano -como se conoce a 1816 por las frecuentes lluvias, las bajas temperaturas y la oscuridad del cielo de Europa, originada por una densa nube de ceniza, efecto de la erupción del volcán Tambora, en Indonesia, que desencadenó un tsunami en Bali, inundó amplias regiones de China y provocó más de 24 000 muertes-, Percy Bysshe y Mary llegaron a Ginebra, al Hotel d´Anglaterre, a orillas del lago Leman, llevando consigo a su hijo de cuatro meses, enfermo, y a Jane Clairmont, más conocida como Claire, hermanastra de Mary. La intención de la controvertida pareja era conocer a Lord Byron, con quien esta última, además de una intensa relación epistolar en la que le hablaba de algunos poemas escritos, cómo no, a la luz de una vela, había mantenido un par de encuentros, fruto de los cuales quedó embarazada.
Pero más allá de esta primera intención, la pareja intentaba huir por segunda vez –ya lo hizo en 1814, pero la falta de dinero los obligó a volver antes de los dos meses- de las rígidas normas morales de la sociedad victoriana, que rechazaba su relación adúltera –incluido el padre de la propia joven, William Godwin, quien tanto había pregonado en los salones prerrománticos su oposición al rígido y obsoleto código moral inglés, llegando a afirmar, aunque luego se retractase, que el matrimonio era un monopolio represivo-. Durante el viaje se agudizaron las crisis y las visiones que sufría Mary, cuya frágil salud se había resquebrajado en los meses previos debido a la muerte de su primera hija. Este terrible suceso se funde con la imagen de su madre, que murió al darle a luz, convirtiéndose en una misma obsesión que la arrastra a una depresión profunda, agudizada por la obligada resignación mostrada ante la felicidad de Percy Bysshe por el nacimiento de un hijo con su mujer legítima, a la que el poeta regresa con relativa frecuencia, por los coqueteos del poeta con Claire, por la controvertida relación que ella mantiene con Hogg e, incluso, por los problemas económicos que atraviesa la pareja.
Lord Byron llegaría al mismo hotel el 25 de mayo, acompañado de su secretario y médico personal John William Polidori, quien también soñaba con ser poeta, aunque Byron ridiculizase su impericia y su carácter sumiso y pusilánime. Atraído por una naturaleza abrupta y primigenia, Byron buscó otro alojamiento que le hiciese entrar en comunión con el territorio y encontró Villa Diodati, por la que se sintió atraído, en gran medida, debido al equivocado relato de un campesino según el cual John Milton vivió en ella. Por su parte, Percy Bysshe, Mary y Claire se instalaron en una finca cercana, aunque pasarían la mayor parte del tiempo en Diodati.
De todas las veladas que compartió el grupo, sobre la que más se ha escrito y fantaseado es la del 16 de junio. Una gran tormenta hizo que aquella noche todos se quedasen en la mansión, al calor de la chimenea. Durante la cena, Shelley y Byron hablaban de Wordsworth y Coleridge, que frecuentaban la casa de Mary cuando esta era una niña; de los experimentos de Erasmus Darwin, de quien decían que es capaz de revivir anfibios muertos; de los fluidos vitales; de la sangre; de la electricidad recién descubierta por Benjamin Franklin; de las investigaciones con cadáveres del doctor Dippel en el castillo de Frankenstein… De vez en cuando, Polidori intentaba aportar algo de cordura a los interminables circunloquios, aunque los poetas, ebrios de su propia verborrea, no le prestasen atención. Mary escuchaba en silencio, mientras su hermanastra estaba bajo los efectos del alcohol y el opio.
En un momento determinado, y para amenizar la reunión, Byron le pidió a Polidori que trajese un libro. Este escogió un volumen de cuentos de terror alemanes traducidos al francés que llevaba por título Phantasmagoriana. Byron declamaba a la luz de los rayos que cruzaban los ventanales rotos. Al terminar la lectura, les propuso a los presentes un juego: la creación de una historia de terror que, luego, cada uno le contaría al resto. Todos aceptaron la propuesta. Pese a todo lo que se ha mitificado este momento, del envite no nació ninguna obra digna de formar parte de la literatura universal. Byron tan solo consiguió escribir unos versos que, más tarde, aprovecharía para un poema; Shelley inició un relato sobre un fantasma creado a partir de cenizas; Claire, ante la imposibilidad de inventar, decidió abandonar el juego… Curiosamente, serían los dos actores secundarios, Polidori y Mary, los únicos que escribirían algo que encerrase un mínimo interés. Y, como es obvio, no lo hicieron esa noche. El primero adaptó, un par de días después, un cuento de Byron titulado “El entierro”. La segunda, cuyas alucinaciones se intensificaron con el ambiente de la casa y el opio, sufrió un extraño sueño en el que un hombre intentaba traer a la vida a un cadáver, utilizando para ello la ciencia. Excitada, creyó ver los ojos amarillos de un muerto que la espiaba. Al despertarse sobresaltada, comprobó que era un efecto óptico provocado por la luna al entrar por la ventana de la habitación. A la mañana siguiente, le contó el sueño a su marido, quien la animó para que continuase la historia. Lo mismo hizo Byron, impactado por el relato. El fruto de esta visión fue un relato titulado “El sueño”.
Ambas historias no son, obviamente, Frankenstein ni El vampiro, pero servirán de base a estos dos libros clave de la literatura fantástica y de terror que, además, en el caso de la novela de Mary Shelley inaugura el género de la ciencia ficción. Sin embargo, la mitomanía romántica, en su sacralización de la individualidad, del genio, de la inspiración y de la libertad creativa, ha preferido transmitir la idea de que ambas obras se gestaron aquella noche.
De hecho no sería hasta finales de 1816 cuando Mary terminase su novela: Frankenstein o el moderno Prometeo, que vería la luz, de manera anónima, en enero de 1818. La escritora aún no había cumplido los 21 años, pero ya había sufrido la muerte de tres hijos –y aún tendrá otro más-. Por su parte, El vampiro no se publicó hasta 1819, y lo hizo sin la autorización ni el conocimiento de su autor; es más, en un primer momento fue atribuida a Byron, quien no se dio prisa en desmentir tal error, a sabiendas de la valía de la obra; no en vano, el propio Goethe llegó a considerar que esta narración era lo mejor que había escrito el poeta inglés.
Para hacer crecer más aún el mito, todos los hombres murieron bastante jóvenes, en el transcurso de los ocho años siguientes al encuentro. Polidori no había cumplido los 26 cuando, acuciado por las deudas del juego y sumido en una profunda depresión, puso fin a su vida con ácido prúsico, inventado precisamente por el doctor Dippel; Byron murió a los 36 años en la guerra por la independencia de Grecia, y Shelley durante una aventura acuática en la bahía de La Spezia, antes de cumplir los 30.
Serán las dos mujeres, Claire y Mary las que tengan una existencia más longeva. La muerte de su amado sumirá en la depresión a la creadora de Frankenstein, que seguirá sufriendo pesadillas, al tiempo que un tumor maligno se enraizará en la parte trasera de su cerebro, dejándola inválida a los cuarenta y ocho años. Consagrada a publicar la obra de Percy Bysshe, malvivió en la pobreza como escritora profesional hasta que una mañana encuentran su cadáver en el escritorio, junto a un trozo del cabello de su difunto esposo y una copia del poema Adonais, dedicado a la muerte de Keats. Un final arquetípicamente romántico.
Diodati, la cuna del monstruo, editado con mimo y buen gusto por Susana Noedas, nace de la conversación cómplice de Francisco Javier Guerrero y Ángel Olgoso con la intención de conmemorar  el bicentenario de este mítico encuentro a orillas del lago Leman. El atractivo volumen fusiona la palabra con la imagen, no solo desde la sobria y sugerente cubierta de Lola Castillo sino también con un planteamiento que alterna textos de diversa índole, aunque nacidos de una idea común, con distintas ilustraciones a cargo de Norberto Fuentes, Soledad Velasco, Lola Castillo, Carlos Arrabal y Anamusma. El conjunto se ensambla, a pesar de su heterogeneidad, con cierta armonía, como una acertada pieza musical: se divide en dos actos, compuestos cada uno por ocho textos y cuatro ilustraciones, además de un “Interludio”, formado por un texto y una ilustración.
En el primer acto, que da título al volumen, se combinan una personalísima aproximación del maestro Olgoso a la dimensión vivencial al mito; una breve estampa puramente biográfica de Ana María Shua sobre Mary Shelley; un poema de Manuel Moya con Lord Byron como destinatario de la carta de una lectora; el cuento “Leche” de Óscar Esquivias, donde se conecta una anécdota biográfica de Polidori y Byron, que están a punto de morir ahogados, con un nacimiento; el relato de un sirviente de villa Diodati que deja la mansión, firmado por Carlos Guerrero; el tríptico poético de Marina Tapia, articulado en los tres momentos cruciales del nacimiento del monstruo: la invitación de Byron, la promesa de Shelley y la advertencia de la criatura; la fingida historia de un habitante de Villa Diodati que parte a Ginebra para cursar estudios de Teología, escrita con acierto Alfonso Cost, o la costumbrista recreación de la decadente sociedad burguesa que, bajo el título de “El invierno suizo de la señorita Shelley”, firma Miguel A. Zapata.
El breve ensayo “El Romanticismo: tormenta y rebelión”, de Inés Mendoza, sirve de interludio y su mayor interés radica en la defensa que hace del carácter revolucionario de los poetas satánicos ingleses y en la denuncia de que la crítica más conservadora ha intentado dulcificar sus apuestas éticas y estéticas inconformistas y radicales, desvirtuándolas, para hacernos llegar una imagen edulcorada de los protagonistas y obviando, interesadamente, la esencia crítica de su pensamiento y de sus obras.
El segundo acto, “El monstruo sigue vivo”, está compuesto por otros ocho textos en los  que se actualiza y revisa tanto la célebre reunión como sus consecuencias literarias. Se abre con “Otro año sin verano”, de Francisco Javier Guerrero, tejido en torno al misterio que genera el hallazgo de un manuscrito por parte de unos niños. Le sigue “El sueño de la razón”, uno de los cuentos que más me ha deslumbrado, de Francisco López Serrano, en el que se narra, en futuro, la historia de un escritor que llegará en avión a Ginebra para recibir un premio. Ricardo Reques firma “El secreto guardado en Ramsons Avenue”, donde al hilo de una traumática separación, un hombre se refugia en una extraña herencia. Manuel Vilas, por su parte, escribe el poema “Remando al viento”, en el que aborda las sensaciones experimentadas durante la proyección del film de Gonzalo Suárez ante sus alumnos. Le siguen dos de los mayores aciertos del volumen: “Agua oscura” de David Roas, un cuento en el que una persona, invitada para participar en los festejos del segundo centenario del encuentro en villa Diodati, contempla el lago Leman; y “Cierta noche de junio de 1969”, de Manuel Moyano, creado a partir de la pregunta de qué hubiese pasado si Polidori finalmente hubiese devuelto Phantasmagoriana a la estantería. Se cierra el libro con dos aportaciones completamente tangenciales: un relato fragmentado de María José Codes y un intenso poema de Raquel Lanseros.
Todo lo dicho hasta aquí no es nada más que las notas de lectura de un apasionado del romanticismo que creció con las historias y los versos de algunos de los creadores que se reunieron en villa Diodati hace ahora 200 años. Y estas palabras son mi humilde contribución a tal efeméride.

(Resumen de la presentación del libro Diodati, la cuna del monstruo, que tuvo lugar en Córdoba el pasado 14 de octubre)

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