miércoles, 16 de agosto de 2017

"Vértices" en "Puentes de papel", de José Luis Morante


Contento y agradecido por esta nueva lectura de Vértices, que sigue encontrando lectores-refugio, realizada por el escritor y crítico José Luis Morante en su blog Puentes de papel. 


PATERNIDAD

 Francisco Onieva (Córdoba, 1976) regresa a la poesía con Vértices, libro ganador del XXVI Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma. Esta cuarta salida del autor propone, con voz meditativa, una indagación sobre la paternidad como estado y sobre los efectos inmediatos en la existencia personal. No se habla de biología sino de esas mutaciones del estar que conceden al protagonista una renovada naturaleza.En ella los sentimientos adquieren un espacio expansivo donde el sujeto puede contemplarse desde las palabras. Con delicada hondura, el poema desbroza la maraña de la intimidad y deja al descubierto sus elementos más notables, sus vértices precisos. Un ejemplo de lo expuesto se halla en el poema que sirve de apertura, “Iluminaciones” al que pertenecen estos versos en los que se definen algunas secuencias de lo contiguo que buscan sentido en la conciencia: “Establece la espera sus fronteras. / Escondidas y frágiles. / Y trama un orden  para lo contiguo. / Las efímeras iluminaciones / ocultan la ventana desde la cual otro hombre / inventa el punto en el que se encuentran hija y padre “. Esta focalización tiene como consecuencia el análisis del puente emotivo entre ambas presencias. En él se cobija una sintaxis inédita que tiene en su devenir algo de primer paso y momento fundacional. Hay que buscar un punto de equilibrio y reordenar palabras y emociones. Se formula en él un nuevo perímetro de la identidad: "(Eres origen. Eres confluencia. ) / Ella lo sabe y acaricia el perímetro / de lo que no es aún, pero ya existe. / Le  habla en voz baja / de una realidad que tan solo ella intuye, / y en la que busca signos previos a la escritura / con los que transmitir el abrazo primero. / Se pierde unos minutos. Queda un silencio elástico."

Para seguir leyendo, sigue este enlace.

viernes, 28 de julio de 2017

La lluvia que reconcilia. Acerca de "La lluvia en el desierto", de Eduardo García


Todo símbolo tiene una estructura significativa múltiple que lo convierte en el ámbito donde tiene lugar el hallazgo, el punto desde el que bucear en los márgenes de la realidad para intuir lo que nos sobrepasa y escapa a la razón, pero nos asombra, aquello que tan solo puede ser vivido, nunca explicado. La lluvia en el desierto, título elegido por el propio Eduardo García (São Paulo, 1965-Córdoba, 2016) para su poesía completa, editada por la Fundación José Manuel Lara, dentro de la reputada colección Vandalia, multiplica su potencialidad semántica en el lector que ha tenido el privilegio de conocer al poeta cordobés. Más allá de la lluvia que purifica y vivifica un espacio yermo o de la capacidad de la palabra para fertilizar el fragmento de mundo circundante e intuir el enigma que lo sustenta, el propio volumen se revela, nada más abrirlo, como una tormenta que nos limpia a partir del estremecimiento sufrido al redescubrir sus versos, sabiéndonos otro lector, y al enfrentarnos a la contundente desnudez de los dos volúmenes inéditos. En este sentido, la palabra de García nos reconcilia, en parte, con la injusticia de su muerte prematura, obligándonos a respirar hondo y dando las gracias –sin saber muy bien a quién- por haberlo leído, haberlo conocido, haberlo admirado y haberse sabido amigo acogido en su diáfana sonrisa y en su cálida palabra.
El libro, cuya publicación es uno de los acontecimientos editoriales del año, se abre con un prólogo de Andrés Neuman, “Eduardo en el oído”, donde se evoca al amigo escritor al hilo desordenado y frágil de la memoria,  y se cierra con un epílogo de Vicente Luis Mora, “Reencantar el mundo: el legado poético y ensayístico de Eduardo García”, en el que analiza con el rigor y  precisión de costumbre la singularidad y el alcance de su apuesta estética. Entre ambos textos se recogen los seis poemarios publicados por el autor y dos regalos inesperados, La hora de la ira y Bailando con la muerte, además de ocho poemas aparecidos en diferentes publicaciones periódicas o colectivas y otros once inéditos. En esta labor de ordenación y preparación del material desconocido han jugado un papel crucial su mujer, Rafaela Valenzuela, y su amigo Federico Abad.
Aunque la aparición de este ambicioso proyecto coincide, prácticamente, con el primer aniversario de su muerte, García tenía pensado recoger toda su obra poética –excepto Duermevela- cuando cumpliese los 50 años; de hecho, redactó el prólogo que abriría dicha edición. Sin embargo, la detección del cáncer lo obligó a cambiar la hoja de ruta, y decidió agrupar los seis libros de poesía publicados junto a otros dos en los que estaba trabajando que, si bien, no están cerrados completamente, cuentan con su “visto bueno”.
En Las cartas marcadas (Libertarias, 1995; Premio de Poesía Ciudad de Leganés), pese a estar claramente instalado en la retórica de la experiencia, se pueden ver ya algunos temas, motivos y usos del lenguaje característicos de un poeta intimista y reflexivo al mismo tiempo, que maneja con precisión tanto el ritmo del metro como la palabra, buscando una comunicación directa con el lector, en la que, bajo una aparente sencillez, se encuentra un discurso muy elaborado  que penetra en las contradicciones del ser.
Pero pronto García nota la estrechez del molde heredado y siente la necesidad de explorar nuevos territorios, aventurándose a lo desconocido, con la incertidumbre que ello genera, pero consciente de que es el camino para el hallazgo y la revelación. Así, desde la publicación de No se trata de un juego (1998; XVIII Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez y Premio Ojo Crítico), que trasciende el realismo y aproxima cotidianidad y misterio, realidad y ensoñación, emoción y pensamiento, razón e imaginación, se convierte en uno de los referentes de la renovación lírica de las últimas décadas.
La aparición de Horizonte y frontera (Hiperión, 2003; VII Premio Internacional de Poesía Antonio Machado en Baeza) supone un hito generacional y muestra la temprana madurez de un poeta joven que, ajeno al exhibicionismo rupturista, deja a un lado las muletas de la poesía realista para sondear los límites confusos del yo, indagar en la frontera que une lo onírico con la realidad y convertir el lenguaje, capaz de desvelar la realidad, en un instrumento de conocimiento, de redefinición del mundo. El resultado es lo que el propio poeta, en quien la creación fue acompañada de una profunda reflexión sobre el hecho poético, define como “realismo visionario”.
Un paso más en este camino es Refutación de la elegía (Antigua Imprenta Sur, 2006; edición no venal), en la que lo irracional se impone, sin estériles alardes efectistas, en unos poemas que, aun partiendo de lo cotidiano, miran hacia lo metafísico e, incluso, hacia lo antropológico, al tiempo que empieza a adivinarse cierto tono celebrativo.
Y así llegamos a sus dos obras mayores: La vida nueva (Visor, 2008; VI Premio de Poesía Fray Luis de León y Premio Nacional de la Crítica en 2009) y Duermevela (Visor, 2014; XXXV Premio Internacional de Poesía Ciudad de Melilla), en las que, a partir de la exploración de las posibilidades de un verso libre que le permite enlazar lenguaje y sensorialidad, ahonda en su apuesta ofreciendo nuevas líneas de fuga mediante la indagación en los márgenes del lenguaje, que ya no es concebido como un instrumento, sino como el territorio donde se produce el descubrimiento; mediante la reformulación del “límite”, que ya no es lo que separa dos mundos, sino un espacio que debe ser vivido, con lo que se potencia la dimensión celebrativa y amorosa del poema; y mediante la exploración de una geografía interior poliédrica, e incluso contradictoria, que lleva aparejada la presencia de diversos tonos y de diversos registros.
Ahora bien, si el volumen nos sacude y nos provoca una descarga intensa es por la presencia de los dos presentes que Eduardo nos ofrece a modo de despedida: La hora de la ira y Bailando con la muerte, ambos fechables en el mismo año de su fallecimiento y, por tanto, imposibles de desligar, a la hora de leerlos y valorarlos, de las circunstancias biográficas que los motivan.
La hora de la ira son dieciséis poemas breves, articulados en tres partes, en los que, a través de la experimentación con la puntuación y del tono directo y comprometido, denuncia la injusticia generada por la actual crisis económica y reivindica la  necesidad de solidaridad entre los seres humanos para hacer frente a la ignominia.
Por su parte, Bailando con la muerte está escrito desde la conciencia del final, con lo que es un sereno y vitalista ajuste de cuentas con la vida a lo largo de once poemas cuya lectura nos sobrecoge, entre los que destacan, además del que da título al conjunto, “En el lado oscuro”, “Puerta condenada”, “Hospital”, “Muñeco de trapo” o “Si todo ha de acabar”, con versos que nos dejan sin aliento como: “Ya no me reconozco en el espejo”, “que me deje escribir mi último relato” o “Si todo ha de acabar, muerde muy fuerte / cada hora que le robas a la muerte.”
La lluvia en el desierto, pues, viene a colocar en su justo lugar a un poeta imprescindible a la hora entender la más reciente poesía española, a un poeta esencial que supo mostrar los caminos por los que transitaría la lírica en las primeras décadas del siglo XXI.

(Publicado en Cuadernos del Sur, 22 de julio de 2017, p. 5)

Autor: Eduardo García.
Título: La lluvia en el desierto.
Editorial: Visor.
Año: 2017.

domingo, 2 de julio de 2017

Entrevista en "El ojo crítico"


El jueves 29, a las 19:00, Juan Carlos Morales me hizo una interesante entrevista para el programa El ojo crítico, referente de la cultura en las ondas. A pesar de los nervios del directo, espero haber dado alguna pista acerca de Vértices. Mil gracias a RNE y a Berta Tapia por regalarme esta oportunidad.

Os dejo el enlace al audio del programa.

viernes, 30 de junio de 2017

Manuel Rico escribe sobre "Vértices" en "Babelia"

El pasado sábado 19 de junio, en Babelia, Manuel Rico reflexionaba sobre mis Vértices. Vaya desde aquí mi más sincero agradecimiento por la atenta lectura.







Con Vértices, Francisco Onieva(Córdoba, 1976) obtuvo el Premio Gil de Biedma 2016. Es un libro que aborda lo cotidiano en poemas de una ambición formal depurada, de palabra estricta, seca en ocasiones, pero emocionada y plena de carga significativa. Es la vida y su tuétano, una realidad siempre insegura a la que el poeta asiste experimentando ambas sensaciones a la vez: “Comparto la plenitud del momento y transito las inseguridades”. No de otra forma cabe adentrarse en la conciencia de la continuidad y de la salvación que, en el fondo, es la paternidad. Todo entra en movimiento y se hace nuevo y viejo a la vez. Desde la mirada con que se observa el deambular de la hija en el parque hasta el recuerdo en vida del abuelo muerto.

Onieva tantea con una mirada entre sorprendida y celebratoria los indicios del entorno más próximo y acaricia la esencia de la vida: el árbol frente a la casa, el tobogán, los álamos, el pueblo bajo la lluvia o los residuos de memoria de la ciudad que acompañan un viaje, cobran una luz distinta. Todo invita a meditar sobre la ampliación de los límites de la experiencia. El otro contemplado es sustancia propia, aturde y sorprende y obliga a preguntarse sobre el sentido del poema y del proceso de escritura. 


Para seguir leyendo, pincha en este enlace.

domingo, 18 de junio de 2017

Cirlot visto por Rivero Taravillo


Coincidiendo con el centenario del nacimiento de Juan Eduardo Cirlot (Barcelona, 1916-1973), la Fundación José Manuel Lara y la Fundación Cajasol editan la biografía Cirlot. Ser y no ser de un poeta único, con la que el escritor, traductor y crítico sevillano Antonio Rivero Taravillo (Melilla, 1963) ha conseguido el Premio Antonio Domínguez Ortiz de Biografías.
Cirlot es un autor aún desconocido para el lector común, pese al reconocimiento y la admiración de gran parte de la crítica y de un número cada vez más significativo de poetas que ven en su singular apuesta poética, ajena a las principales corrientes vertebradoras de la poesía del siglo pasado, una de las más valiosas y originales, capaz de proyectarse hacia el futuro.
Utilizando un epistolario desconocido en gran parte y abundante material inédito, y ahondando en los propios textos del poeta barcelonés, Rivero Taravillo consigue crear una atípica biografía con la que aspira a reflejar el carácter complejo de un poeta singular que, debido precisamente a su singularidad, ha quedado al margen de todos los mapas poéticos elaborados.
Hijo de militares, tras cursar bachillerato con los jesuitas y correspondencia mercantil y contabilidad, trabajó como aprendiz en una agencia de aduanas, primero, para, después de varios empleos, ser contable del Banco Hispanoamericano. De modo paralelo a estas actividades puramente nutricias, sintió la necesidad de dar cauce a sus inquietudes artísticas. Así, además estudiar piano y composición, en 1936 empezó a escribir versos. Al cumplir la mayoría de edad, fue movilizado por el ejército republicano; pero, apenas un año más tarde, se cambió de bando y, tras una breve estancia en un campo de concentración, terminó luchando en las filas golpistas. Una vez acabada la contienda, tuvo que hacer, paradójicamente, el servicio militar en Zaragoza, donde entabló relaciones con diversos intelectuales y descubrió el surrealismo. De vuelta a su ciudad natal, en 1943, retomó su empleo en el Banco Hispanoamericano -antes de adentrarse en el mundo editorial y trabajar en la editorial Gustavo Gili-, participó activamente en diversas tertulias literarias y círculos artísticos de sello vanguardista, estableciendo lazos con múltiples creadores, entre los que destacan los integrantes del grupo Dau al Set, y publicó sus primeros poemas en diversas revistas.
Desde este momento, se suceden, a un ritmo frenético, las publicaciones: Árbol agónico, El canto de la vida muerta, Canto de la vida y Susan Lenox, el primero de sus poemas inspirados por la visión de una obra cinematográfica, publicado en 1947, el mismo año en que contrae matrimonio con Gloria. En estas obras iniciales ya tenemos presentes los temas y obsesiones propiamente cirlotianos, así como algunos de sus logros formales y la peculiar formar de difundir su poesía: ediciones de autor, en casi su totalidad, con tiradas muy reducidas.
1949, el año en que nace su primera hija, Lourdes, será una fecha crucial en su trayectoria literaria, pues, además de publicar el Diccionario de los ismos, conoce personalmente a Breton y a Schneider. Si el primero supone la fascinación por el surrealismo, el segundo encarna el descubrimiento de la simbología tradicional, que le permitirá adentrarse en el mundo de las correspondencias, utilizando el símbolo como principal herramienta para intuir una realidad oculta, para cristalizar los fantasmas interiores de un hombre poliédrico y para renombrar la realidad. Fruto de este interés, escribirá dos décadas más tarde su obra más conocida internacionalmente: Diccionario de símbolos (1968).
Otra fecha altamente significativa es 1955, año de nacimiento de su segunda hija, Victoria. Al acercarse a la frontera de los 40, su obra crece exponencialmente y, tomando como punto de partida el surrealismo y el simbolismo, llega, como él mismo dice, “el gran descubrimiento de mi vida poética”: la poesía permutatoria.
En 1960 visita Carcasona -años después volverá con su mujer-, inicia una serie de viajes a París, donde se reúne con Breton y los surrealistas, y acude a la Bienal de Venecia. Tras cinco años volcado en la crítica de arte, regresa a la poesía con Regina tenebrarum, Las oraciones oscuras y, muy especialmente, el ciclo Bronwyn (1967-1971), uno de los mayores logros de la poesía en lengua española de la segunda mitad del XX, una obra que anticipa varios de los caminos por los que está discurriendo la lírica de principios del siglo XXI. Se trata de dieciséis cuadernos que conforman un largo poema místico, de raíz erótica, necesariamente fragmentario, dedicados a la protagonista de El señor de la guerra. Las homofonías, las aliteraciones, el adelgazamiento del verso, la ruptura de la sintaxis y de la frase, la agramaticalidad, el uso constante de las repeticiones, la experimentación con diversos tipos de rima, la técnica del collage, el retorcimiento de la sintaxis… llevan el lenguaje al límite, sometiéndolo a un continuo ejercicio de tensión.
De entre sus últimas publicaciones, siempre en reducidas ediciones de autor, destacamos Los poemas de Cartago, Cosmogonía y, sobre todo, sus Cuarenta y cuatro sonetos de amor, donde experimenta formalmente con esta estrofa clásica para conseguir la mayor intensidad y concentración posibles.
Pese al reconocimiento y el respeto de muchos de sus coetáneos, no será hasta 1969 cuando Juan Pedro Quiñorero y la Editora Nacional planteen una edición de su obra más reciente, principalmente la del ciclo Bronwyn, en una editorial que llegue a las librerías. La edición de Poesía 1966-1972, a cargo de Leopoldo Azancot, se publicó finalmente un año después de la muerte del poeta, crítico de arte y compositor catalán.
En silencio, se marchó el más vanguardista de nuestros poetas, cuya poesía, insólita y radicalmente distinta, nace de un profundo conocimiento tanto de nuestra tradición como de otras tradiciones inexploradas hasta el momento. Un creador único, para quien el poema era una forma de exploración de las propias grietas. No en vano, toda su obra brota de un continuo sentimiento de extranjería, lo que le lleva a sentirse al margen de la sociedad. Tal conflicto desemboca en el nihilismo, en la insatisfacción radical y en una enconada reacción contra el mundo que le ha tocado vivir, ante el que se estrellan continuamente sus aspiraciones, convirtiéndose la poesía en un medio de evasión.
De este modo, vida y obra conforman una misma realidad en él. Un hombre proteico. Nihilista. Trabajador incansable. Cinéfilo. Lector voraz. De movimientos impetuosos. De carácter vehemente. Apasionado de la arqueología y de la historia. Entusiasta de las más insólitas religiones, culturas o mitologías. Interesado por la numismática. Fanático de las espadas. Filogermánico y amante de la cultura hebrea… Un escritor vertiginoso. Visionario y metafísico. Vanguardista y tradicional. Ortodoxo y heterodoxo…
Un personaje imposible de encasillar, que no deja impasible a nadie, en cuyas contradicciones radica la fascinación que ejerce sobre sus seguidores y cuyos versos son descargas que estallan en el lector, quien, tras el asombro inicial, se siente irremediablemente perdido en un laberinto con vistas al abismo y reconoce en Cirlot a un auténtico renovador de la poesía en lengua española, referente inevitable para cualquier poeta de hoy.


Autor: Antonio Rivero Taravillo.
Título: Cirlot. Ser y no ser de un poeta único
Editorial: Fundación Lara. 
Año: 2016.

viernes, 9 de junio de 2017

Testamento poético. Santiago Castelo


“Cuando siento no escribo”, afirmaba con rotundidad Bécquer en la segunda de las Cartas literarias a una mujer para dejar constancia de que se escribe a partir del recuerdo de lo sentido (o “memoria viva”, como lo define el poeta sevillano) y no de la experiencia directa de los sentimientos. Desde entonces, no son pocos los críticos y escritores que han hecho suyas, con diferentes matices, dichas palabras. Sin embargo, poemarios como La sentencia, de Santiago Castelo, revelan lo erróneo de tal pensamiento o, por decirlo de un modo más suave, suponen la excepción que toda regla contiene, en la medida en que consiguen crear arte a partir de los escombros del propio ser. Para ello, el poeta se sumerge en su dolor, en su sufrimiento, en su enfermedad, sin tiempo para distanciarse de ellos y consigue trascender la experiencia personal, convirtiéndola en una verdad universal. El resultado es sentimiento y poesía fusionados, en estado puro, sin cortapisas. Y es esta condición la que provoca que el libro, pese a la serenidad del dolor aceptado, golpee con una contundencia inusitada a un lector que, una vez lo cierre, ya no volverá a ser el mismo.
El poemario, que consiguió el XXV Premio Internacional de Poesía Jaime Gil de Biedma por “aclamación”, en palabras de Gonzalo Santonja, supone, según reza en la contraportada, “el broche de oro a la obra poética” de José Miguel Santiago Castelo (Granja de Torrehermosa, 1948 – Madrid, 2015), quien falleció un par de semanas antes de conocer el fallo, y refuerza, sin duda alguna, el prestigio de uno de los galardones más importantes de nuestro panorama poético.
Se trata de un libro contundente y estremecedor, que sobrecoge aún más al conocer las circunstancias vitales del poeta extremeño. Concebido como la crónica de una enfermedad, de una lucha por la vida, arranca con el poema que da título al conjunto y actúa como un golpe directo al ánimo del lector, al igual que las palabras del médico que le anuncian que padece cáncer (“Sonó la palabra. Seca y rotunda lo mismo que / un disparo”). Esta es la terrible palabra que articula todo el discurso sin aparecer una sola vez. Nada más escucharla, toda su existencia pasa por delante de sus ojos, como fotogramas mal montados de una historia íntima: “toda la vida en un instante: la niñez en el pueblo; el viaje a Madrid; / los primeros amores.” Es así como la vida y la percepción que el sujeto tiene de ella cambian radicalmente: “Se acabaron las citas, las agendas. / De pronto nada sirve de un día para otro. / Ni tú mismo mandas. / Es tu propio organismo, tu luz y tu ceguera.”
Una vez aceptada la realidad, se suceden las pruebas a las que el enfermo debe someterse, las sesiones de quimioterapia, el deterioro del propio cuerpo (“El cuerpo es un castillo en continuo derrumbe”), que lo lleva, incluso, a no reconocerse físicamente (“Veo mis manos. ¿Pero estas son mis manos?”), las mejorías transitorias, el dolor instalado en el costado, las recaídas… En estos instantes, la memoria se convierte en un salvavidas al que aferrarse y, así, se suceden los poemas elegíacos dedicados a los amigos que marcharon antes que él, los recuerdos de la infancia y la adolescencia o el amor a su tierra natal, Extremadura; y todo con la característica variedad métrica del autor. Verso libre, romancillos, décimas o sonetos se funden creando una sutil polifonía de emociones y sensaciones.
Pese al dolor que atraviesa cada verso hay un sosiego y una resignación de honda raíz religiosa que no está reñido con el ansia de seguir viviendo. De esta singular tensión nacen unos poemas despojados y definitivos, de una fuerza e intensidad singulares, capaces de transmitir una innegable serenidad y, al mismo tiempo, desgarrar el alma. Castelo, al notar que la vida se le escapa, decide ajustar cuentas con la vida y con uno mismo y se despide de manera sosegada, con lo que La sentencia supone, como se recoge en la nota preliminar anónima, el “testamento poético y vital de quien contempla con serenidad su paulatina extinción y quiere dejar constancia de los días vividos, de los días gozados y llorados y también de los días que ansía vivir”. Un testamento escrito, como no puede ser de otra manera, desde la perspectiva de quien se sabe ya en la otra orilla (título de la composición que cierra el volumen): “Viviré en los encinares / cuando solo sea memoria, / cuando me borre la historia / y mis versos sean cantares… / Por encinas y olivares / irá vagando mi alma / y al atardecer en calma / de la clara primavera / oiréis mi nombre en la era / y en el rumor de la palma.”

Autor: Santiago Castelo
Título: La sentencia

Editorial: Visor
Año: 2015

(Publicado en Cuadernos del Sur, 3 de junio de 2017, p. 6)