sábado, 20 de mayo de 2017

Antonio Praena escribe sobre "Vértices"

El pasado 16 de mayo, Antonio Praena, con quien tengo el honor de compartir un accésit del Premio Adonáis, se ocupaba en su blog, El atril, de mis Vértices. Mi más sincera gratitud por su generosas palabras y por su atentísima lectura.






Es un riesgo abordar algunos temas en poesía. Lo difícil ante ellos es resistirse a la atracción de ciertos polos, como pueden ser el sentimentalismo, el subjetivismo, la emotividad como reclamo, los lugares comunes. Hay que poseer el don de la mesura, ese equilibrio que mantiene a raya el pálpito inmediato pero, a su vez, no ahoga en la frialdad de la inteligencia la pujanza de las cosas verdaderamente sentidas. Dificilísimo, vamos.
“Vértices”, de Francisco Onieva (Visor 2016) es un poemario impecable y ejemplar en ese sentido. ¿Cómo ir más allá en estas cosas de la emoción sin sucumbir al confesionalismo sensiblero que aquello que tiene que ver con la propia biografía parece demandar algún tipo de lector? Perdón, que aún no lo he dicho y sin decirlo estos comentarios no se entienden: “Vértices” aborda, como poco, la paternidad del poeta.
Las hijas se convierten en patria: Sois la única patria / en la que vale la pena creer, leemos en un poema titulado “Blanca y Marta”, y que no necesita más de dos versos para estar pleno.
Ya aquí hay un elemento fundamental. El poeta está separado de sí. No mira su rostro. No le importa su imagen. Si algo queda de un “yo”, es su fuga. Si hay primera persona, lo es desubjetivada, mediada a través de quien ha salido de sí y se contempla desde los ojos de sus niñas -esto no es sólo un retruécano-, o desde los propios ojos, no ya desposeídos, sino luminosamente ofrendados, plenificados de don.
 Podéis seguir leyendo en El atril.

jueves, 11 de mayo de 2017

Belleza en el dolor


No siempre un libro inicial es el de un principiante. El cuadro del dolor, el esperado debut de Ana Castro (Pozoblanco, 1990), con el que ha conseguido el III Premio de Poesía Juana Castro, solo puede ser escrito por una persona que controla los mecanismos del verso y que sabe hacia dónde camina. Semejante madurez se observa no solo en la sólida construcción de los poemas sino también en la concepción unitaria de un poemario estructurado con solidez en cinco partes pretendidamente asimétricas - “La nana que no fue”, “Raíces”, “El dolor”, “La niña y la casa” y “Y después”-, sustentadas en un proceso de introspección a partir del dolor y de la soledad de un yo poético devastado.
Se trata, pues, de una obra profundamente vivencial, en la cual la joven poeta pozoalbense asume la realidad y la muestra sin impostura, sin un estéril ropaje lírico, como se explicita desde el propio título, una auténtica declaración de intenciones. Por un lado, la polisemia del mismo no solo hace referencia al conjunto de síntomas sufridos por la paciente, sino que, por extensión, es una proyección artística de un tormento, con sus múltiples perfiles, convertido en espacio de encuentro con el lector; por otro, propone, con una profunda coherencia desde el punto de vista poético, un discurso tejido a partir de una expresión clara y directa, en apariencia sencilla, en el que la presencia justa y estratégica de una serie de símbolos que trascienden la realidad (el dedal, el hilo, las hilanderas, los murciélagos…) sacude con fuerza al lector.
De todo el compacto volumen, que se abre con “Canción de cuna”, donde se presentan los dos temas vertebradores del mismo, el dolor y la soledad, destacan la segunda parte, “Raíces”, y la tercera, “El dolor”.
En “Raíces”, sin duda, la más potente, la poeta ahonda en los orígenes, que configuran la mirada y, por ende, la identidad. Estas raíces son la familia y Los Pedroches. Además de “Mujer entraña”, un explícito homenaje al magisterio de Juana Castro como poeta y como mujer, destacan “Orfandad”,  “Simetrías”, “Las hilanderas” y “Cadena trófica”, cuatro piezas en las que, a partir de un íntimo juego de proyecciones, Ana Castro ahonda en la raíz matriz, la abuela muerta, cimiento de “la manada”, y en su madre, que le han enseñado a zurcir las grietas del mundo para hacerlo menos inhóspito.
En “El dolor”, por su parte, se imponen la desnudez y la sinceridad de un sentimiento estremecedor y el fértil misterio de convertir la devastación en materia a partir de la cual se puede crear belleza. Algunas de las composiciones más significativas de esta sección son: “Quirófano número 10”, de una naturalidad desgarradora y reconciliadora, “Hormigón armado”, donde sugiere la imposibilidad de contener el sufrimiento, “El cuento de nunca acabar”, un espléndido poema en prosa que obliga al lector a reubicarse antes de volver “a contar la historia desde el principio”, “El cuadro del dolor”, reflexión acerca del desgaste y la insuficiencia de las palabras a la hora de expresarlo, y “Mi dolor”, en el cual plantea que no estamos educados para sufrir y la necesidad de nombrarlo para que exista.
El libro es, en definitiva, un fresco emocional y existencial, escrito desde la fragilidad que el dolor provoca en un sujeto poético que, sin embargo, muestra una vitalidad y una fuerza envidiables. De su lectura no se puede regresar indemne, pues está escrito desde la autenticidad de lo contado y desde la sobriedad y contención de una escritura y de una mirada reparadoras.

Autora: Ana Castro
Título: El cuadro del dolor
Editorial: Renacimiento
Año: 2017

(Publicado en "Cuadernos del Sur", 6 de mayo de 2017, p. 6)

jueves, 4 de mayo de 2017

Plurilingüismo

Mi modesta contribución a la V Feria de Plurilingüismo:

Hay tantas formas de mirar el mundo como lenguas hablan de él. 


Gracias a mi compañero Manolo y a mis compañeras Beatriz, Leonor, Trini y Margarita por hacerme parte de este cartel colectivo. Con los amigos, los derechos de autor quedan en un agradable café y en una sincera gratitud.

jueves, 27 de abril de 2017

Manuel Gahete escribe acerca de "Vértices"

Vértices no deja de darme alegrías. La última fue el pasado sábado, 22 de abril. Manuel Gahete escribía acerca del libro en su columna "Seres de Babel" del suplemento Cuadernos del Sur.


Vaya desde aquí mi más sincera gratitud por su lectura.

domingo, 23 de abril de 2017

80 años de la batalla de Pozoblanco

Para conmemorar los ochenta años de la batalla de Pozoblanco, una de las grandes desconocidas de nuestra última guerra civil y marco narrativo en el que se sitúan la mayoría de las historias de mi libro de relatos Los que miran el frío (Editorial Espuela de Plata, 2011), he preparado este reportaje que publica hoy Diario Córdoba.
Reproduzco, a continuación, el texto íntegro, pues ha habido que cortar alguna frase para que cupiese en la página del periódico.


80 años después, la batalla de Pozoblanco sigue siendo la gran desconocida de nuestra última guerra civil. Iniciada por Queipo de Llano, no fue una simple escaramuza para reactivar el frente en Andalucía; ni siquiera una  ambiciosa maniobra de auxilio a los doscientos guardias civiles y más de mil vecinos de Andújar sitiados en el Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza; ni un intento de hacerse con las minas de mercurio de Almadén; ni un conato de tomar las provincias de Ciudad Real y parte de Toledo con la intención de aislar Jaén y Granada, por un  lado, e intensificar el cerco de Madrid, por otro. No. La batalla de Pozoblanco, que tuvo lugar entre el 6 de marzo y el 21 de abril de 1937, y cuyos combates más intensos y sangrientos se libraron en Villanueva del Duque, supuso un ensayo en toda regla de la masacre definitiva, la del Ebro. Las sierras, los arroyos, la dehesa, las cercas, las lomas, el coto minero de El Soldado, los escombros de Villanueva del Duque y de Alcaracejos se convirtieron en un gran tablero de ajedrez sobre el que ambos contendientes distribuyeron un número de efectivos humanos y de recursos materiales sin precedentes, tanto españoles como extranjeros.
La partida se saldó con una de las grandes victorias republicanas, comparable a las de Belchite, Jarama o Guadalajara. Sin embargo, ni los vencedores ni los vencidos le concedieron la importancia que realmente tuvo. Estos prefirieron callar la única derrota del invicto general, Jefe del Ejército del Sur; aquellos, en cambio, no la valoraron en su justa medida por dos motivos: la coincidencia en el tiempo con la toma de Guadalajara, operación diseñada por el alto mando gubernamental con la intención de que el rival no acumulase más efectivos en el Frente de Córdoba, y la desconfianza sectaria y el recelo cainita de los comunistas hacia el artífice de la gesta, el teniente coronel Joaquín Pérez Salas, militar de formación que no simpatizaba con las ideas de estos y que, consciente de la necesidad de un ejército estructurado, nunca estuvo a favor de las milicias.
La contienda adquiere unas dimensiones épicas no solo por la elevada concentración de soldados y de efectivos, por el extremo desgaste de los combatientes debido tanto a la brutalidad y a la crueldad de los ataques como a las pésimas condiciones atmosféricas durante la ofensiva golpista, sino también por la resistencia heroica de un contingente menos numeroso, que supo reorganizarse a la espera de refuerzos, por el efecto sorpresa de una contraofensiva que puso contra las cuerdas a las todopoderosas huestes sublevadas, pero, sobre todo, por las historias individuales de supervivencia que encierra y por el compromiso de unos batallones de pedrocheños que luchaban por su tierra.
Sin querer quitarle mérito a Pérez Salas, cuya figura emerge con rotundidad, es obvio que en esta quijotesca labor de resistencia jugaron un papel crucial otras personas como el poeta y comisario político Pedro Garfias, quien, cuando el enemigo se encontraba a las puertas de Pozoblanco, arengó a los miembros del Estado Mayor para que el pueblo no se abandonase, y, por supuesto, los milicianos de la comarca de Los Pedroches –integrados en los batallones Pozoblanco, Pedroches y Garcés-, quienes no querían dejar sus pueblos en manos de los moros y de los fascistas y que, en un Madrid en miniatura, hicieron suyo el grito de “¡No pasarán!”.



La ofensiva franquista se inició la noche del 6 de marzo y enfrentó a cuatro columnas perfectamente estructuradas, apoyadas por un gran número de piezas de artillería y por la aviación,  contra un par de brigadas y un puñado de baterías. Aunque era un enfrentamiento desigual, la lucha se llevó a cabo con una ferocidad e intensidad inimaginables. El primer episodio tuvo lugar en el cruce de El Cuartanero y duró tres días, hasta que la guerra mostró todo su horror, salvajismo y sinsentido en Villanueva del Duque. El pueblo fue bombardeado sin cesar por cazas italianos y arrasado por el fuego de artillería, antes de ser tomado el día 10 por los sublevados. Consciente de la importancia del enclave, Pérez Salas planteó un contraataque nada más recibir los primeros refuerzos. Apoyados por las baterías y el fuego de ametralladoras, ambos rivales pelearon casa a casa, cuerpo a cuerpo, a sablazo puro y a bayoneta calada, dejando un número de cadáveres estremecedor, hasta el punto de que, en la noche del día 13, el pueblo fue tomado alternativamente en cinco ocasiones. Tremendamente sanguinaria fue también  la entrada en Alcaracejos el día 15 por parte de Álvarez Rementería y Barutone.
Una vez replegados los leales al Gobierno a un Pozoblanco derruido, la contienda entró en un frágil compás de espera. El avance de las columnas se hizo en dos direcciones, por la carretera de Alcaracejos y por la de Villaharta. Los que venían por la primera se quedaron a dos kilómetros por el sudeste; los que avanzaban por la segunda se atrincheraron en el lavadero de El Pilar de los Llanos y trabaron una intensa refriega con los defensores de la República, que se hicieron fuertes en la plaza de toros.


Pozoblanco resistía a duras penas. La noche del 17 se produjo la evacuación de los vecinos y las tropas se replegaron a una línea de trincheras al otro lado del arroyo de Santa María. La caída parecía inminente. Pese a las órdenes del Estado Mayor de abandonar el pueblo, los escasos y agotados efectivos volvieron a sus primeras líneas de trincheras y resistieron como pudieron los envites.
Con la llegada de nuevos refuerzos, entre ellos los ansiados cazas, el XX batallón internacional de Aldo Morandi, una compañía de tanques T-26 y varias baterías, el 24 de marzo se inició la contraofensiva republicana. El factor sorpresa del ataque de Pérez Salas, el desgaste de las tropas fascistas y el número superior de unas brigadas más frescas y con más medios presentaban un mapa de operaciones completamente diferente. Incapaz de contener el avance, el mando golpista ordenó la retirada tras unos intensos combates en Alcaracejos. Este pueblo, Villanueva del Duque, el Calatraveño, Cabeza Mesada y El Soldado fueron tomados entre los días 30 y 31.
Pero la estrategia del teniente coronel no era solo recuperar el terreno perdido, sino hacerse con Peñarroya. Con tal fin, siguieron llegando refuerzos al frente, entre ellos la XIII Brigada Internacional, y se constituyeron dos Agrupaciones: una a las órdenes del coronel Mena, que atacó la rica localidad minera e industrial, y otra mandada por Pérez Salas, con las brigadas y batallones más veteranos en el subsector, que avanzó por las carreteras de Espiel y Villaharta.
El 6 de abril, las tropas de Pérez Salas lanzaron un brutal ataque por esta última carretera y se hicieron, en una nueva sangría, con el cerro de La Chimorra, Sierra Noria y la Loma de Buenavista.
Por su parte, las brigadas mandadas por Mena se adueñaron sin apenas encontrar oposición del triángulo Valsequillo-Los Blázquez-La Granjuela; sin embargo, tras un encarnizado choque en Sierra Mulva vieron frenadas todas sus aspiraciones.
Queipo de Llano, previendo el peligro, envió rápidamente numerosos refuerzos a Peñarroya, que, unidos al cansancio de las tropas republicanas y a la pérdida del factor sorpresa, hicieron que la contraofensiva se estancase y ambos contendientes se afanasen en una estéril y cruenta lucha por hacerse con diversos cerros y altozanos que cambiaban de dueño. El avance por la carretera de Villaharta se detuvo, igualmente, y sus hombres fueron trasladados a Valsequillo y a la zona de Peñarroya. A partir de este momento solo hubo débiles refriegas, lo cual implica que no haya unanimidad entre los historiadores a la hora de dar por concluida la batalla de Pozoblanco, cuya fecha de fin oscila entre el 13 y el 21 de abril.

Olvidada en los libros de historia, pese a las monografías de José Manuel Martínez Bande, La batalla de Pozoblanco y el cierre de la bolsa de Mérida, de Francisco Moreno Gómez, La guerra civil en Córdoba, o de Laura López Romero, Joaquín Pérez Salas y la batalla de Pozoblanco, este enfrentamiento encierra un potencial narrativo tremendo, tanto en las historias mínimas como en el gran mosaico épico que estas componen. Sin embargo, dicha potencialidad aún no ha sido aprovechada por el cine ni por la literatura –excepción hecha del libro de relatos Los que miran el frío, de quien firma las presentes líneas-, que, en la exploración de sus respectivos códigos comunicativos, pueden, y deben, aportar nuevos enfoques que muestren lo que la historia intuye, haciéndonos tomar conciencia de nuestro pasado y de su complejidad poliédrica.

(Publicado en Diario Córdoba, 23 de abril de 2017, p. 27)

martes, 18 de abril de 2017

Carlos Alcorta escribe acerca de "Vértices"



Profundamente agradecido a Carlos Alcorta por hacerle hueco en su blog a Vértices, y por la inteligencia de sus palabras.


Muchos son los poemas de este libro que pueden emplearse a modo de sumario del libro íntegro, muchos resumen su argumento: el poeta acepta la paternidad como la más comprometida posibilidad de transformar no solo la vida, sino, también, la escritura, una escritura, una poesía que celebra el milagro de la existencia a la vez que se celebra a sí misma, no en vano estamos hablando de creación en ambos sentidos, aunque la palabra solo colinde con la vida verdadera cuando trasmite incertidumbre y emoción, no mera información. Quizá uno de los poemas que mejor ejemplifique esta idea sea el titulado «Mi lugar en el mundo»: «Mi lugar en el mundo/ es tan solo el de un hombre/ que vive con vosotras/ y que, de vez en cuando, acude a las palabras,/ con las que intenta definirse,/ para que estas no sean artificio/ sino descarga, temblor, sacudida». Las hijas del poeta, vosotras, están presentes, unas veces de forma velada y otras de manera evidente, en estos poemas de Vértices, libro galardonado con el Premio Jaime Gil de Biedma y que hace el cuarto de Francisco Onieva (Córdoba, 1976). Sigue leyendo en carlosalcorta.wordpress.com.

sábado, 8 de abril de 2017

"Vértices" en "La sombra del ciprés"

La mejor recompensa a los desvelos y al trabajo llevado a cabo en silencio es una lectura que, más allá de las ramas del árbol, intuye la espesura del bosque. El pasado sábado 25 de marzo apareció una reseña acerca de Vértices en "La sombra del ciprés", el suplemento cultural de El Norte de Castilla, firmada por Rafael Morales Barba.
Mi más sincero agradecimiento a este lector al que no tengo el gusto de conocer y a Jorge Barco Ingelmo, por avisarme de tan feliz hallazgo.